Naufragio Hacia la Salvacion

Introducción
- ¿Es posible que usted y yo podamos tener la misma
fe, vida, alegría, amor, adoración, esperanza y
entusiasmo que los primeros creyentes en Cristo
experimentaron?
- ¿Es posible que nosotros, en nuestra época, aprendamos,
creamos, y obedezcamos la misma verdad que aquéllos
que escucharon directamente a Cristo, o a los mismos
apóstoles
que Él envió al mundo?
- ¿Es posible retroceder más atrás de las iglesias y
denominaciones contemporáneas, más atrás de los movimientos
de reforma protestante, más atrás del catolicismo medieval,
más atrás de las primeras apostasías, herejías y distorsiones
de los primeros siglos y regresar a la prédica, la práctica
y el poder de los primeros seguidores de Cristo?
Hoy en día tenemos el obstaculo de la
acumulación de tradiciones religiosas, regulaciones eclesiásticas,
y falsos sistemas teológicos. Solemos usar "lentes" teológicos
y denominacionales cuando leemos las Escrituras, por lo
tanto no podemos ver la verdad de Dios con claridad. Fallamos
en ver la simplicidad del plan y programa de Dios, y pasamos
por alto la hermosura del camino con Cristo que era muy
obvio para Pablo, Juan, Pedro y otros de sus seguidores,
en el primer siglo.
Supongamos que un buscador honesto y humilde
separado de las doctrinas engañosas de los hombres y las
prácticas no bíblicas del mundo religioso, con una Biblia
en la mano y una sincera oración a Dios en su corazón,
empieza un estudio diligente para descubrir por sí mismo
la verdad de Dios. ¿Qué sucedería si un círculo devoto
de amigos hicieran juntos de esto una búsqueda apasionada?
En
la siguiente historia, David y sus compañeros
hacen exactamente lo mismo. Lo invitamos a leer la interesante,
emocionante y esclarecedora historia del naufragio de David
y sus compañeros, de su búsqueda y de todo lo que
les espera. ¡Ojalá pueda usted identificarse con la búsqueda
de estos jóvenes y aprender de su experiencia!
NAUFRAGIO
HACIA
LA SALVACIÓN
El viento soplaba incesantemente a medida
que la nave viajaba hacia un país lejano. ¿Cuántos días le
tomaría llegar a su destino? David Thompson se paró en la
proa, apoyándose en la baranda de la cubierta. Fijando la
mirada en el cielo oscuro, notó que las nubes se acercaban
como mal presagio. Este joven era uno de los pasajeros que
habían desafiado el amplio mar para "encontrarse" en la nueva
tierra.
"¿Hay realmente algo más allá de esta corta
vida?" -- Meditaba David a medida que examinaba el oscuro
horizonte. "¿Hay en verdad un Dios? ¿Cómo es Él, cómo es
su naturaleza y cuál debería ser mi relación con Él? ¿Está limitado
de algún modo, o todo es posible para Él? ¿Podría haber algo
de cierto acerca de ese hombre Jesús, la personalidad de
quien habla la gente, allá en casa?"
David conocía muy poco sobre religión. Muy
rara vez había visitado una iglesia. Sin embargo, su preocupacion
crecia cuando pensaba que debería haber algo más allá de
él. Esta dimensión espiritual había dominado cada
vez más
sus pensamientos durante los últimos meses. También pensó acerca
de su futuro y qué había más allá de la muerte que no podria
evitar. "Definitivamente
debo hallar la solución al misterio de la vida – ¿por qué estoy
acá y hacia dónde voy?", concluyó. "Tan pronto como llegue
al puerto empezaré a buscar la verdad. No me detendré hasta
encontrarla. Esto es lo más importante que puedo hacer. ¡Voy a
encontrar respuestas!" Difícilmente podría
haber imaginado que no llegaría a su destino.
Esa noche los vientos soplaron aún más fuerte,
mientras que las olas azotaban el barco y su cubierta, sacudiéndolo
como un corcho en el agua. El ventarrón aumentaba hasta convertirse
en toda una tempestad. Los feroces vientos tropicales trajeron
torrentes de agua que mojaban fuertemente a la tripulación
a medida que trataban de mantener la nave a flote. Ni el
capitán ni los marinos habían visto nunca una tormenta de
esta magnitud. David y los otros pasajeros temían por sus
vidas en medio de los furiosos vientos. Las olas golpeaban
con tanta violencia que el pequeño barco empezó a partirse...
Se perdió toda esperanza cuando los hombres se dieron cuenta
que su nave no podía soportar la furia del mar. La mayoría
de la tripulación y de los pasajeros perecieron en la tormenta
aquella noche temible y memorable....
Cuando David despertó, los rayos cálidos del
sol y la suave brisa parecían calmar su cuerpo cansado y
adolorido. La presente tranquilidad se oponía mucho a los
violentos vientos huracanados de la noche anterior. El joven
se examinó y vio claramente que no había sufrido ninguna
herida. A medida que su mente se aclaró, el primer pensamiento
de David fue su reciente compromiso en buscar la verdad e
investigar acerca de la realidad de Dios. Casi instintivamente
su espíritu se levantó en agradecimiento a Dios quien seguramente
debía existir y lo había preservado de una muerte segura.
David había sido arrojado a una pequeña isla
junto con algunas partes del barco que habia sido destrozado.
Algunas provisiones del barco se encontraban esparcidas a
lo largo
de la playa.
Varios pasajeros pudieron llegar al refugio seguro de la
isla después de que el barco naufragara en los distantes
bancos de arena. Un total de 12 hombres dieron gracias al
ver sus vidas salvas y sin daños. Todos
los demás
habían
perecido y nunca más los volverían a ver.
Durante los siguientes días y semanas, David
y sus compañeros que habían sobrevivido junto con él, reunieron
comida, lana, tela y otras provisiones del naufragio que
habían sido arrastradas hacia la orilla. Ellos levantaron
un campamento y exploraron el pequeño oasis de vida verde
que se había convertido en su nuevo hogar. Aunque lejos de
la civilización y de cualquier signo de vida humana, el pequeño
grupo de 12 hombres contaban con todo lo necesario para subsistir.
Un día, poco después de que habían llegado
a esta tierra desconocida, todos se reunieron alrededor de
un cofre del barco que acababan de encontrar en la playa.
Expectantes y ansiosos, abrieron la tapa cuidadosamente y
con mucha curiosidad para ver qué contenía. Es aquí donde
descubrieron una Biblia. Este hallazgo probó ser el más importante
de todos. David reconoció que este libro era un regalo de
Dios en respuesta a su búsqueda interna de conocer y seguir
la verdad.
Durante las horas de la noche, luego de que
el trabajo del día había terminado, David reunió al grupo
de sobrevivientes y empezó a leer a lo largo del libro sagrado.
Todos escuchaban atentamente a medida que él iba leyendo,
luego conversaron extensamente sobre las verdades que estaban
aprendiendo.
Un día que David estaba caminando a solas
sobre la arena de la orilla, empezó a evaluar los eventos
de las semanas anteriores. Todos sus planes sobre la tierra
habían llegado a un final abrupto y definitivo. No sabía
qué era lo que le esperaba sobre esta tierra. Debido al naufragio,
ahora tenía la oportunidad perfecta para buscar las respuestas
que anteriormente habían escapado de su alcance, pero que
ahora deseaba mucho encontrar. A medida que pensaba en su
escape sorprendente de una muerte casi segura ahogado, sabía
que Dios seguramente le estaba ofreciendo el tiempo y la
oportunidad para descubrir Su verdad acerca de la vida, acerca
de Su voluntad y acerca de su propio destino. El joven decidió que
esta búsqueda se convertiría en su mayor prioridad.
Los demás del grupo, agradecidos por haber
sobrevivido, también estaban ansiosos por aprender acerca
de la verdad de la palabra de Dios. La mayoría de ellos había
ido a alguna iglesia denominacional allá en casa, mientras
que algunos nunca habían pensado en Dios. Sin embargo, la
reciente experiencia que habían vivido había tocado tanto
sus corazones y templado sus espíritus que también compartieron
la búsqueda de David para encontrar respuestas satisfactorias
a las preguntas básicas de la vida.
Todos ellos decidieron considerar el mensaje
de la Biblia tan cuidadosamente como podían, dejando de lado
preconcepciones y formulaciones de credos pasados. Simplemente
obviarían tanto como pudieran las doctrinas antiguas, y permitirían
a Dios hablarles simple y directamente a través de su Palabra
inspirada. Si Dios en verdad era Dios, sin duda podían confiar
en Él para guiarlos de la oscuridad a la luz. Todo lo que
ellos podían ofrecer era un corazón honesto y sincero con
un esfuerzo diligente para comprender. Ellos simplemente
tendrían fe en Dios para el resultado final.
David abrió la Biblia y empezó a leer el libro
de Génesis – el libro de los orígenes. Aquí aprendieron que
Dios creó todas las cosas, incluyendo al género humano. "En
el principio creó Dios los cielos y la tierra... Creó, pues,
Dios al hombre a imagen suya... varón y hembra los creó." (Génesis
1:1,27). Todo era tan profundamente simple – sin embargo,
obviamente verdadero y exacto. Ellos concluyeron que las
teorías evolucionistas que no consideraban a Dios eran falsas
y debían ser rechazadas.
No sólo las Escrituras sino también la naturaleza
alrededor de ellos les daba testimonio de un Creador. El
sol durante el día, la luna y las estrellas durante la noche,
las palmeras que se balanceaban, la rica vegetación, los
peces que ellos pescaban en la orilla, las provisiones de
comida y de agua – todo esto era un testimonio silencioso
de que había un Creador sabio, poderoso y generoso (cf. Romanos
1:19-20; Hechos 14:15-17; Salmos 19:1-2).
Continuando con el libro de Génesis, descubrieron
que los primeros seres humanos – Adán y Eva – pecaron contra
su Creador santo y amoroso. En consecuencia, fueron expulsados
del hermoso jardín del Edén y la sentencia de muerte fue
puesta sobre ellos debido a su insubordinación (Génesis 3).
Sin embargo, ellos se regocijaron al saber
que Dios mismo prometió enviar una Persona en el futuro que
vencería a Satanás (Génesis 3:15) y, como descendiente de
Abraham, Isaac y Jacob, traería bendiciones a todo el mundo
(Génesis 12:3; 22:18; cf. Hechos 3:25-26; Gálatas 3:8,16,19,22-29).
Lo escrito sobre las etapas tempranas de esta tierra era
fascinante, y contenía serias verdades que los motivaba a
aprender más.
A medida que David leía página tras página
de las Escrituras, se hacía claro que Dios el Creador estaba
buscando un pueblo al cual pudiera amar en forma íntima y
especial. Además, Dios buscaba un pueblo que pudiera decidir
por sí mismo amarlo con todo su corazón, alma, mente y fuerza – y
donde Él pudiera vivir en armonía entre ellos. Dios deseaba
que este amor se mostrará en absoluta obediencia y un modo
de vida amoroso lleno de buenas obras, servicio activo y
adoración de corazón (Deuteronomio 10:12-22; 4:37; 6:4-6;
Levíticos 19:18; cf. Mateo 22:36-40).
Sin embargo, una y otra vez aquellos que amaban
al Señor se alejaban de Él. No sólo sus primeras criaturas,
Adán y Eva pecaron, sino que la mayoría de sus descendientes
también le dieron la espalda. Entonces Dios rescató a Noé y
a su familia, mientras que el resto de la humanidad fue destruido
en el gran diluvio universal (Génesis 6:9). Más tarde Dios
llamó a Abraham y a sus descendientes para que fueran su
pueblo (Génesis 12-50). Los Israelitas recibieron el cuidado
y la atención especial de Dios, y su Ley en el Monte Sinaí,
pero pronto se rebelaron contra Él, siguiendo sus propias
inclinaciones pecaminosas (Éxodo 1-34). A lo largo de la
historia Dios se acercó con amor, pero repetidamente este
amor fue rechazado y su voluntad fue tremendamente descuidada.
Incluso los mensajeros especiales de Dios, los profetas,
tuvieron dificultad en llamar al pueblo al arrepentimiento,
a la fidelidad y a la obediencia. Muchos de estos hombres
de Dios fueron rechazados y asesinados.
Semana tras semana, los sobrevivientes continuaron
examinando las Escrituras hebreas, o Antiguo testamento,
aprendiendo verdades que antes nunca habían conocido. A medida
que continuaron con su lectura, los hombres se volvieron
cada vez más y más concientes de sus propios pecados. Como
el pueblo de la antigüedad, ellos también habían fallado
en amar a Dios con todo su corazón, y no habían amado ni
se habían preocupado por otros. Ellos también habían pecado
contra Dios su Creador, mostrando poca o ninguna preocupación
en Su Perfecta voluntad y Palabra. Ellos mismos habían sido
el centro de sus propias vidas en lugar de permitirle a Dios
ser la razón de sus existencias. ¡Ellos habían pecado en
pensamiento, palabra y obras!
David también sentía dolor al estar consciente
de que él había pecado gravemente en el pasado. El era orgulloso,
autosuficiente, materialista, egoísta y amante de los placeres
de la vida. Él había dejado a Dios completamente fuera de
su vida. En lugar de amar a Dios con todo su corazón, lo
había descuidado. En lugar de amar y servir a otros, él se
había puesto en primer lugar. En lugar de hacer la voluntad
de Dios su mayor prioridad, su propia voluntad era todo lo
que le interesaba. David se podía identificar muy bien con
las palabras del profeta Isaías: "Todos nosotros nos descarriamos
como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino; pero
el Señor hizo que cayera sobre El la iniquidad de todos nosotros." (53:6).
Este joven en búsqueda de la verdad sabía
que merecía el juicio del Dios todo Poderoso acerca del cual
estaba leyendo. Sin embargo, a medida que leía las siguientes
palabras de la Biblia, Dios, a través del Espíritu Santo,
empezó a profundizar la fe de David en Él e iluminar su corazón
para que comprendiera su maravilloso plan de salvación (cf.
2 Timoteo 3:15). Los demás empezaron, del mismo modo, a comprender
algo acerca del mensaje que Dios tenía para ellos en las
Escrituras. Todos ellos podían ver cada vez mejor que Dios
no era solamente un Señor recto de justicia, juicio e ira – sino
también un Dios misericordioso y de gracia que genuinamente
cuidaba de los hombres y mujeres que Él había creado y continuaba
sosteniéndolos. Todos ellos esperaban con ansiedad cuál sería
la siguiente revelación de Dios para ellos. Por esta razón
cada sesión en el campamento nocturno al lado de la fogata
se convertía en el momento más importante del día.
Finalmente David llegó a las Escrituras Cristianas,
o Nuevo Testamento y empezó a leer los cuatro "evangelios" – Mateo,
Marcos, Lucas y Juan. Aquí él y sus amigos leyeron la fascinante
narración acerca de Jesucristo. Ellos aprendieron que en
verdad Jesús era Aquél que Dios había prometido, el Mesías,
el propio Hijo de Dios, quien cumplía las anteriores Escrituras
que ya habían leído anteriormente.
Ellos vieron que era necesario que Jesús viniera
desde el cielo a la tierra a fin de salvar a la humanidad
del pecado, de la muerte y del juicio que se merecían. David
leyó el versículo que muchos de ellos habían escuchado anteriormente
en su vida: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que
dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en
El, no se pierda, mas tenga vida eterna." (Juan 3:16).
Muchos otros versículos completaron su visión acerca de Jesús.
(eg. Mateo 1:21,23;20:28; 26:28; Lucas 1:31-35; 2:11; Juan
1:1-4,18; 3:1-18,36; 5:24; 11:25-26; 14:1-10; 20: 28-30).
Ellos descubrieron que Cristo era la única persona y el único
camino hacia Dios en el cielo. Jesús afirmó: "Yo soy el
camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino
por mí." (Juan 14:6). Quedaba cada vez más claro que
Jesús era la solución a los problemas del pecado descritos
en el Antiguo Testamento – ¡y para la propia experiencia
de ellos!
Toda esta "luz" de las Escrituras inundaron
su alma con un nuevo entendimiento. Su fe en Dios el Padre
aumentó y su creencia en Jesús, el Hijo de Dios, creció.
Ellos pudieron ver que Su muerte en la cruz era por sus propios
pecados y Su resurrección de la tumba venció el problema
de la vida y la muerte.
Ya estaban por llegar al final de los evangelios
y leyeron acerca de la razón de los apóstoles para escribir
lo que escribieron: "Y muchas otras señales [milagros]
hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no
están escritas en este libro; pero éstas se han escrito para
que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para
que al creer, tengáis vida en su nombre." (Juan 20:30-31).
Cada uno de ellos pudo testificar que su fe en Jesús, el
Hijo de Dios, estaba haciéndose más profunda gracias a Juan
y los demás evangelios.
El grupo de "buscadores la verdad" se dieron
cuenta de que Jesús, después de su resurrección y antes de
su ascensión al Padre, ordenó a sus apóstoles elegidos a
ir a todo el mundo y compartir el mensaje de Dios a todas
las personas en todas las naciones. Al comparar los varios
recuentos de los evangelios, ellos aprendieron que estaba
dicho que "en su nombre se predicara el arrepentimiento
para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando
desde Jerusalén." (Lucas 24:47). Esto significaba que
toda persona debe cambiar de corazón en cuanto al pecado
y debe decidir vivir para Dios de modo que pueda ser perdonado
o salvado del pecado.
Además, descubrieron que Jesús dijo, "El
que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea
será condenado." (Marcos 16:16) Era la voluntad de
Dios que todos crean verdaderamente en el Hijo de Dios
crucificado y resucitado y sea bautizado como una expresión
de fe y arrepentimiento, a fin de que puedan ser "salvos" de
sus pecados y de las consecuencias de sus pecados, en lugar
de ser condenados por el pecado y la incredulidad.
Más allá de esto, el grupo aprendió que cuando
los pecadores de todas las naciones iban a Cristo, se convertían
en sus devotos seguidores o "discípulos". Jesús dijo claramente: "Id,
pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mateo
28:19-20). Por tanto, aquellos que han sido verdaderamente
bautizados en una relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo como expresión de fe sincera y genuino arrepentimiento,
deben vivir vidas radicalmente diferentes de obediencia absoluta
a Jesús y lealtad a Él como Señor.
Todo esto los dejó sorprendidos y perplejos
a medida que estudiaban su preciada Biblia. Las palabras
de Cristo eran sorprendentes en su simplicidad, pero también
quedaron perplejos ya que estas palabras eran radicalmente
diferentes de las que habían escuchado en la "Cristiandad",
palabras que eran familiares en las comunidades donde vivían.
En la Biblia no encontraron ningún ritual religioso o procedimiento
eclesiástico que el pecador deba obedecer. Aquellos que respondían
a Cristo para ser salvados siguiendo la prédica de la Comisión
de Cristo eran lo suficientemente maduros para tomar una
decisión bien informada, inteligente y que cambiaría sus
vidas. Jesús tocó el mismo corazón de la persona cuando pidió un
cambio radical de creencia, pensamiento, propósito, acción
y estilo de vida. A medida que ellos iban descubriendo estos
hechos impactantes, el pequeño grupo de buscadores de la
verdad se sintió más motivado para seguir buscando en el
precioso volumen que David les leía.
Con interés constante, nacido de sus propias
necesidades y de su deseo de dar honor a Dios, empezaron
a estudiar el libro de Hechos. Por muchos días, David leyó con
mucha convicción mientras los demás discutían las lecturas.
En este libro ellos aprendieron más acerca de las buenas
nuevas de Cristo y cómo sus seguidores llevaron el mensaje
a las personas que estaban perdidas en el pecado. Ellos estaban
particularmente interesados en observar cómo estas personas
respondían a la verdad cuando ésta venía a ellos. Ellos querían
saber cómo aquellos que estaban perdidos y eran culpables
delante de Dios, en el primer siglo, vinieron a Cristo, ya
que David y sus amigos deseaban dar la misma respuesta.
Este pequeño grupo de buscadores de la verdad
se identificó con la gente de Berea descrita en Hechos, quienes "recibieron
la palabra con toda solicitud, escudriñando diariamente las
Escrituras, para ver si estas cosas eran así." (Hechos
17:11). Al igual que estas almas sinceras que vivieron en
tiempos pasados, este pequeño grupo de sobrevivientes se
acercaba al estudio de su Biblia con "con toda solicitud", "escudriñando
diariamente las Escrituras" ansiosamente en su búsqueda
por la verdad. De hecho, a medida que se convencían más y
más de la culpabilidad de sus pecados, y a medida que su
arrepentimiento se hacía mayor, dejaron de hacer la mayor
parte del trabajo diario para tener más tiempo para su estudio,
incluso algunos de ellos dejaron de comer a fin de buscar
al Señor con mayor plenitud y exclusividad (cf. Hechos 9:8-11).
Cuando David llegó al final del libro de los
Hechos, los demás notaron que la experiencia de los primeros
cristianos en este libro se encontraba en completa armonía
con las últimas instrucciones de Jesús para sus apóstoles
en los evangelios. Ellos observaron que las personas responsables
de pecado aprendieron acerca de Dios el Creador de los cielos
y la tierra. Las personas también recibieron la enseñanza
de que Jesús era Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios, cuya
muerte y resurrección era el centro de la historia. Pudieron
ver que la muerte de Cristo era necesaria para tratar con
el pecado humano y su resurrección significó que Él es el
Señor que vive. También aprendieron que Jesús ascendió a
los cielos y un día regresaría en gloria para juzgar a los
vivos y a los muertos.
Aquellos que escucharon con sinceridad, según
lo que narra el libro de Hechos, se convencieron de su estado
pecaminoso y su condenación delante de Dios. Entonces se
hizo un llamado para que ellos abandonen su pecado y desobediencia
y creyeran en Dios para que Dios los salve a través de Jesucristo,
el Señor que vive. Siempre que alguien se volvía a Cristo,
en fe y arrepentimiento, inmediatamente era bautizado en Él – separados
y aparte de cualquier ritual elaborado o ceremonia denominacional.
Aquellos que aceptaron el mensaje de Cristo y se entregaron
a Él de todo corazón, recibieron perdón de sus pecados y
el don del Espíritu Santo y se convirtieron en herederos
del reino celestial de Dios (cf. Hechos 2:22-41;8:5,12-13,
35-39;10:34-48; 13:16-52; 16:13-15, 30-34; 18:8; 19:1-6;
22:12-16).
A medida que David y sus amigos continuaban
su estudio a lo largo de las Escrituras, se maravillaban
ante el simple pero hermoso camino de salvación que Dios
había prometido desde el comienzo, que luego cumplió en su
Hijo Jesucristo, y que finalmente lo ofreció a un mundo de
pecadores perdidos. Todas las piezas iban encajando en un
plan bien ordenado que llevaba las marcas de un Dios sabio
y amoroso.
Luego de revisar estas verdades con los demás
hasta altas horas de la noche, David se dirigió a la playa,
lugar que se había hecho tan familiar para él desde el día
de su llegada. La luna llena brillaba fuertemente en un cielo
estrellado, mientras él continuaba su camino en la arena,
rodeado por el oleaje encantador. Las olas del océano se
enrollaban y chocaban contra sus pies a medida que caminaba
a lo largo de la orilla, atrapado en sus pensamientos.
Una convicción profunda y dolorosa envolvió a
David – sin duda era el resultado del trabajo del Espíritu
a través del mensaje poderoso de la cruz de Cristo. El joven
cayó de rodillas, llorando y sintiendo todo el peso de sus
pecados. La justicia e ira de Dios así como el amor y misericordia
de Dios abrumaban su conciencia.
¡Qué necio, que terriblemente necio había
sido para haber podido vivir lejos de Dios, la Fuente de
la vida! ¡Qué egoísta había sido para actuar como dueño de
su propia vida y su pequeño mundo! ¡Qué ignorante había sido
para descuidar las grandes realidades espirituales de Dios
su Creador y Juez! ¡Qué extremadamente ciego había sido para
estar tan concentrado en ganarse una reputación y ganar con
qué vivir, mientras que era tan indiferente a las verdades
eternas y su propio destino eterno...
En medio de sus recuerdos y llanto, la mente
de David se dirigió espontáneamente al inmenso amor de Dios.
Su corazón parecía derretirse al darse cuenta que Dios en
realidad lo amaba personalmente – sin embargo, él
era pecador. Él merecía ser juzgado hace mucho tiempo por
el Señor Dios, pero en lugar de juicio, Dios le permitió misericordiosamente
vivir y llegar a este día tan significativo. Le vino a la
mente una imagen de la cruz y como nunca antes, David pudo
relacionar en fe sus caminos pecaminosos y rebeldes con el
sacrificio salvador de Jesús. El plan sorprendente de Dios
cobraba mucho sentido a medida que meditaba en estos temas
conmovedores. Él sabía que debía abandonar sus pecados pasados
ya que eran la misma razón de su horrible culpa y ya que
ellos lastimaban mucho el corazón de Dios.
¿Cuánto tiempo permaneció en la arena, inmerso
en sus pensamientos? David nunca lo supo. Los rayos color
rosa del amanecer se extendieron a lo largo del horizonte
del este, anunciando un nuevo día de significado eterno.
El corazón de David estaba convencido y su mente decidida.
Se puso de pie y regresó resueltamente al campamento. Sorprendentemente,
los demás estaban despiertos y lo saludaron, anunciándole
que ellos también habían pasado una noche difícil y que estaban
ahora dispuestos a completar su respuesta a Cristo siendo
bautizados.
David abrió su querida y bien conocida Biblia
y, para que todos escuchen, les recordó el significado de
este acto. El fue a Hechos, capítulo 2, donde se registraban
los eventos del día de Pentecostés cuando el Espíritu Santo
fue enviado para exaltar al Señor Jesús. Señaló con su dedo
los versículos 37-38: "Al oír esto, compungidos de corazón,
dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: Hermanos, ¿qué haremos?
Y Pedro les dijo: Arrepentíos y sed bautizados cada uno de
vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros
pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo."
David continuó revisando los versículos que
habían estado leyendo hacía una o dos semanas atrás (eg,
Hechos 8:5,2, 35-39; 16:14-15, 30-34; y 22:16). Luego fue
a Romanos, capítulo seis y empezó a leer: "¿O no sabéis
que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús,
hemos sido bautizados en su muerte? Por tanto, hemos sido
sepultados con El por medio del bautismo para muerte, a fin
de que como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria
del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida.
Porque si hemos sido unidos a El en la semejanza de su muerte,
ciertamente lo seremos también en la semejanza de su resurrección" (Romanos
3-5).
Con estos antecedentes, el grupo de hombres
arrepentidos se dirigió a la orilla, no muy lejos. Uno por
uno se sumergieron en las aguas tropicales de color verde
claro mientras que el sol iba subiendo suavemente al cielo
despejado. Allí ellos reconocieron sus pecados y confesaron
su fe en Jesús, el Señor resucitado (Romanos 10:9-10). Después
del bautismo los 12 "nuevos" hombres regresaron a la playa
donde todos se arrodillaron con corazones ardiendo de amor
por Dios, y cada uno a su vez levantó su voz en oración al
Señor. Era ocasión de gran alegría, porque ellos se dieron
cuenta que su carga de culpa había sido totalmente retirada.
Ahora ellos pertenecían al Señor Jesús.
Los siguientes días estuvieron llenos de mucho
regocijo ya que los nuevos creyentes regresaron a sus tareas
con nuevo entusiasmo y confianza renovada que en verdad ellos
eran hijos de Dios el Padre. David continuó leyendo la Biblia
durante las reuniones de estudio diario. Ellos continuaron
leyendo Romanos y las demás cartas o "libros" del Nuevo Testamento
que estaban escritas a individuos o grupos de Cristianos
en el primer siglo. Allí descubrieron las grandes bendiciones
celestiales que ellos habían tenido en Cristo, la clase de
vida que ellos tenían que llevar, el fruto del espíritu que
tenían que tener, y muchas otras verdades necesarias relacionados
con su conducta y pensamientos transformados.
El primer día de la semana programaron una
reunión especial para discutir una variedad de temas que
trajo preocupación a los nuevos "hermanos" en Cristo. Primero, ¿cómo
debían llamarse? Donde ellos habían vivido había muchas sectas
diferentes, religiones y denominaciones, cada una de las
cuales creía algo diferente y cada una se hacía llamar con
un nombre diferente. Algunos tomaron el nombre de un teólogo
o fundador. Otros tomaron el nombre de una doctrina o sistema
de organización de iglesia, mientras que otros escogieron
una frase de la Biblia e hicieron de ella el nombre oficial
de la denominación. Sin embargo aquí, en esta remota y desconocida
isla, no existía ninguno de estos cuerpos religiosos.
A medida que estos nuevos creyentes buscaban
sus respuestas en la Biblia, alguien comentó que ya que eran
creyentes o miembros del cuerpo de Cristo, ¿por qué tendrían
que pertenecer a alguna iglesia u organización hecha por
el hombre? Otro hermano agregó que los primeros creyentes
en el libro de los Hechos y en las cartas del Nuevo Testamento
no pertenecían a ninguna denominación, por lo tanto, ¿por
qué tendrían que hacerlo ellos?
David remarcó que los primeros cristianos
eran simplemente llamados discípulos, creyentes, santos o
hermanos y hermanas (cf. Hechos 4:32; 5:14; 6:1; 9:13; 11:26;
Santiago 2:15). Otro hermano señaló que los creyentes en
conjunto simplemente eran llamados los hermanos, el pueblo
de Dios, el Cuerpo de Cristo, el templo de Dios, la Comunidad
de Cristo y Dios, y otras designaciones simples, descriptivas
y no oficiales (cf. 1 Pedro 2:10, 17; 1 Corintios 12:27;
1:2; 3:16; Romanos 16:16). Todos ellos concluyeron que era
totalmente correcto referirse a ellos mismos con estos términos
bíblicos comunes ya que parecían promover la unidad y animar "la
sencillez y pureza de la devoción a Cristo" de la cual
habla la Biblia (2 Corintios 11:3; cf 1 Corintios 1:10-13;
Efesios 4:1-6).
Surgió otra pregunta acerca de qué deberían
hacer cuando se reunieran. David pensó en el versículo que
seguía a la descripción de las conversiones en Pentecostés.
Encontró el lugar y leyó: "Y se dedicaban continuamente
a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento
del pan y a la oración" (Hechos 2:42). Continuaron discutiendo
este tema aquel día y los días siguientes.
A medida que investigaron el tema en la Biblia,
los hermanos descubrieron que los primeros creyentes participaron
en las reuniones de varios modos. Ellos cantaron canciones
de adoración a Dios y canciones de edificación para ellos
mismos (Efesios 5: 18-19; Colosenses 3:16; Hebreos 13:15).
Ellos oraban juntos a Dios el Padre, a través de Jesucristo,
en el Espíritu Santo (Hechos 4:24-31; 12: 5, 12; 13:3). Se
edificaban, se amonestaban y se enseñaban mutuamente (Romanos
15:14;1 Corintios 12:26; Hechos 15:30-32,35; Hebreos 10:24-25).
Ellos también recordaban juntos la muerte del Señor (1 Corintios
11:23-29; Hechos 20:7). David y sus amigos descubrieron que
los discípulos de Cristo participaron en muchas cosas reconfortantes,
estimulantes y útiles cuando estaban juntos.
¡Qué diferentes eran estas simples actividades
en comparación a las grandes iglesias institucionales y estatales
de su país. De algún modo, parecía que las grandes catedrales
y santuarios de casa fueron ampliamente eliminados de las
reuniones comunes que llevaban a cabo los primeros santos.
Los hermanos se dedicaron a reunirse en una manera muy especial
cada semana para realizar las actividades bíblicas en honor
del Dios al que servían.
Ellos también observaron que los primeros
cristianos tenían una nueva dimensión de amor—siguiendo el
ejemplo del propio amor abnegado de Cristo (cf. Juan 13:34-35;
15:12-17; Filipenses 2:3; Colosenses 3:13; 1 Tesalonicenses
5:11,15; Hebreos 3:13). Esto también fue un contraste mayor
entre lo que estaban aprendiendo en la Biblia y lo que habían
conocido allá donde vivían antes del viaje.
Pasaron días, semanas y meses. Los doce creyentes
continuaron creciendo en el Señor y en amor el uno por el
otro (2 Pedro 3:18; 1 Pedro 1:22). Un año después del día
del naufragio, David llamó a una reunión especial para celebrar
su salvación por Dios y las muchas bendiciones que les había
dado.
Luego de una lectura apropiada de la Biblia,
los sobrevivientes ofrecieron adoración a Dios, expresando
una profunda gratitud por su libertad espiritual. Una gran
tragedia y destrucción los llevó a su rescate de la tormenta
y a su salvación final de pecado, de la muerte y del infierno.
Dios había rebelado con gracia la verdad de Su existencia,
Su creación y Sus maravillosas promesas de vida a través
de Jesús, el Salvador. El Señor les había mostrado la simplicidad
de cómo debían ser perdonados de sus pecados y cómo debían
adorarlo y servirlo en vida. No requerían liturgias elaboradas,
tradiciones eclesiásticas, religiones institucionales, denominaciones
humanas y ceremonias con rituales. Ellos podían agradar a
Dios y agradarle sin denominaciones clericales o estructuras
anti-bíblicas. No necesitaban adornar catedrales o santuarios
con campanarios, pero podían adorar a Dios el Padre "en espíritu
y verdad" donde quiera que estuvieran, en un lugar común – incluso
bajo un árbol o una isla tropical remota (cf. Juan 4:21-24).
Donde quiera que el cuerpo de Cristo esté, allí está Cristo
mismo (cf. Mateo 18:20; 28:20). Ellos podían ejercer libremente
sus habilidades y funciones dadas por Dios con Su poder a
través de Su Espíritu (Romanos 12:3-8; Efesios 4:11-16; 1
Pedro 4:10-11).
La vida de este pequeño cuerpo de creyentes
era ahora emocionante y satisfactoria porque Dios era el
centro de su atención. Cristo era su constante Compañero
y el Espíritu era su Ayudador. Las Escrituras brindaban un
alimento continuo y su asociación diaria les trajo una dulce
compañía.
Sin embargo, David y sus compañeros sabían
que el lugar donde se encontraban era inadecuado. Mientras
siguieran en esta isla desconocida, no necesitaban enfrentar
ni superar problemas que tendrían si vivieran en el mundo.
Además, ellos deseaban tanto compartir con otros las buenas
nuevas de perdón a través de Jesucristo. En ese momento eso
era imposible, ya que estaban privados de contacto con otras
personas. Los sobrevivientes oraron para que Dios enviara
finalmente un barco de rescate a su isla tropical que les
permita compartir el alegre mensaje de salvación con todos
aquellos que quisieran escuchar. Ellos orarían por esto y
se encomendarían a Dios.
Sí, Dios Padre había sido tan bueno, pensó David.
Difícilmente hubiera podido imaginarse aquella noche de dolor
en el barco, que sus búsqueda de la verdad, seguridad y sentido
de vida serían satisfechos en un modo tan sorprendente mediante
tal cadena providencial de eventos. Un corazón vacío... una
tragedia en el mar... un rescate de gracia.... una revelación
sorprendente de amor divino... la simplicidad de caminar
con Dios en compañerismo con otros compañeros creyentes...
David colocó su mano sobre la preciosa Biblia y pensó.... "Para
los hombres es imposible, pero no para Dios, porque todas
las cosas son posibles para Dios" (Marcos 10:27).
Estimado lector, aunque usted no pueda repetir
todas las experiencias de David y sus compañeros, usted puede
ser perdonado de sus pecados y recibir de Dios el don del
Espíritu Santo. Usted puede convertirse en un heredero del
esperado reino de Dios y vivir con Él ¡eternamente! Usted
puede experimentar la vida y el amor de compañerismo con
Dios, cada día. Además, es la voluntad de Dios que usted
se esfuerce por experimentar la simplicidad y pureza del
compañerismo con otros hermanos y hermanas en Cristo, separadamente
de organizaciones, estructuras, nombres y actividades no
bíblicas.
Richard Hollerman